Gracias por la piecita, cuñada.

(Del libro “Mundos orileros”)

 

 

Gracias por prestarme la piecita, cuñada. Un tiempito nomás; uno de estos días el Negro me va a venir a buscar.

Sí, es verdad, me echó. Pero no por loquear, no. Yo nunca le falté a mi hombre, como hombre. Le tomé el puesto, solamente, encaré al Viruela para proteger mi pareja. Los hombres, entre el honor y el orgullo pierden de vista lo verdaderamente valioso: la vida, la familia. Lo hice a un lado sin aviso, que está mal, pero el Negro, después de la operación, no está para poner en juego su fama.

Pero claro, su honor se lo defiende él, aunque no esté para evitar pinchazos. ¡Qué infantiles, los hombres!. Todavía soy joven para el luto y el Negro, mientras yo pueda, no se muda al cajón.

El Viruela sabía que era el momento oportuno para agrandarse, antes el Negro lo amainaba con la chancleta, ahora estaba en baja.

Fue ¿se acuerda, cuñada? Cuando yo era joven, soltera y calentona y me gustaba que el Viruela, entonces primer cuchillo del barrio, me arrastrara el ala. Bué, yo era una perdida en esos tiempos. Cualquier ala era buena.

Hasta que apareció el Negro. Me agarró para su lado, sin aceptar peros, que yo por otro lado no tenía, sólo para coquetear. Y me llevó con él. Y no pude seguir jodiendo. Ni quise, alguna vez hay que pararla.

Es por eso que ahora, con el Negro enfermo, la vuelta del Viruela me sonó a velorio.

—Si tiene algún reclamo, que pase por caja; yo lo espero —opinó el Negro. ¡Qué fanfarrones, los hombres!

Una noche que el Viruela se cruzó en mi camino, nada casual, me anunció el desastre.

—Prepará las valijas, que te mudás.

No soy tan astuta, esto ya lo tenía pensado: —¿Y yo no opino? Hace mucho que no nos vemos, digamos, de cerca. ¿Por qué no pasás por casa esta noche? El Negro tiene un viaje a Benavides.

¡Qué fáciles, los hombres! El Viruela se fue contento, en ganador.

Esa noche llegó, silencioso como un puma. El Negro estaba en el bar.

El Viruela sin saludar se me echó encima. —Después hablamos —me dijo ya casi jadeando

La navaja de afeitar del Negro, brillante como luna nueva, le hizo un surco suave y hondo en el cuello. Los chorros de sangre marcaban los latidos del corazón. Estaba asustado, el pobre. Las manos no le alcanzaban para parar el oleaje. La cara del Viruela era un homenaje a la incredulidad. Sí, estaba muriendo. Sí, yo era la homicida. Sí, yo lo hubiera matado mil veces más para proteger la vida de mi hombre.

Cuando llegó el Negro, yo lo estaba esperando, navaja en mano, tirada en el zaguán. No dijo palabra. Me siguió hasta la pieza. Casi se resbala en el charco de sangre.

—Yo lo hice venir, para matarlo —simplifiqué—. Te quería retar a duelo, aprovechando. Nos salvamos.

—¿Me defendiste?¿Me salvaron unas polleras?¿Yo qué soy, el maricón de la familia? —Estaba desencajado. ¡Qué boludos, los hombres!

El Negro no es de pegarme. Ni yo lo hubiese permitido, soy su mujer, no su felpudo. Pero esta vez me encajó un cachetazo que todavía estoy buscando la cara. Después, qué incomprensibles los hombres, me atropelló ahí, en la mesa del comedor, pa que aprenda quién es el hombre, gritaba. Fue memorable, me dieron ganas de andar buscando otra víctima, para el futuro.

Pero claro, después, a patadas, me echó con este atadito. Y aquí estoy, cuñada.

No es que no le de razón al Negro. Los hombres son celosos de su imagen, como pavos reales. Pero yo sigo con marido y Ud. con hermano.

Y él va a volver a buscarme. Uno de estos días. Estoy segura.

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