RASCANDO CIELOS (cuento)

15 05 2009

Rascando cielos

Justo me agarra la tormenta cruzando el parque. La tardecita era hermosa, una pequeña brisa, dar la vuelta al parque Centenario… Decidí cruzarlo. Para qué. No habré hecho cinco pasos desde la vereda de Diaz Velez y se desencadena una furibunda tormenta tropical , el agua cae para arriba, las hojas huyen despavoridas, el viento se revuelve histérico… Bueno, hago lo que siempre digo que me gusta hacer, pasear en medio de una tormenta de verano. La sensación es inefable, uno se siente minúsculo y a la vez poderoso enfrentando a los elementos.
Repentinamente –no habré hecho cincuenta metros- la tormenta concluye, el día rebobina hasta quedar como antes, sólo que el piso está tapizado de hojas y yo empapado. Y ahí, delante de mí, un chico sacudiéndose como hacen los perros cuando están mojados. No llega a dos años. Es lo más parecido a un querubín, si no fuera que viste pantalón y remera colorinches y absurdamente grandes, como se usan ahora, unas zapatillas deportivas de tres pisos y en vez de arco y flecha porta una palmeta, de esas que se usaban, creo, para rascar la espalda.
—¡Hola! –le digo, buscando un tono casual para no ahuyentarlo, pobrecito, sólo en medio de la tormenta. Nada. Sigue caminando, pasa al lado mío, como si yo fuera de piedra-. ¿Te perdiste?¿Adonde está tu mamá?.
Se detiene. Mira a mi alrededor. Luego me mira a mí. Se mira. Me mira.
—¿A mí me estás hablando? –Le hago un gesto afirmativo- ¿Me ves? –Otro gesto mío,
—Claro que te veo. Por eso te pregunto.
—Puta madre! ¡Otra vez la unidad de poder! Un día de éstos me van a dejar incomunicado, en un rincón del universo, y me van a echar la culpa a mí, por falta de service. ¿Ese es un celular? Préstámelo. ¿Esto es un celular? Ni a la nebulosa de Andrómeda llegan con este cacharro, sin ofender, claro
Sin que yo pudiera salir de mi pasmo, toma mi celular, lo desarma, lo junta con el suyo (creo). -¡Hola! ¿Hermes? Cargame la fuente, viejo. O si no, mandame una. Estoy aquí, planeta $%&32. Enseguida voy. Unos pases de mano y me devuelve, entero, a mi celular, ese con el que pierdo onda más allá de Rosario.
—¿Quién sos?¿Qué hacés aquí? ¿Venís del Paraíso, del Olimpo?
Me miró con compasión. Bueno, yo no tenía la culpa de que se hubiera vuelto visible.
—Vos elegí la explicación que prefieras. Yo te cuento una, la mía. Trabajo para un astroteniente poderosísimo, 3000 galaxias. Yo le cuido los parques (los planetas con vegetales, atmósfera, esos). Un accidente y me agarraste trabajando aquí, generalmente nadie me ve.
—Te creo. Por qué no. ¿Y qué estabas haciendo? –lo apreté, a ver si largaba información vital-. ¿Cuál es tu trabajo?
—Rascar cielos –dice, y me muestra la palmeta.
—¿Lo qué? -Exclamo, en el más puro estilo mersa.
—Voy caminando, mirando el cielo. Encuentro, por ejemplo- una nube dormilona, que frena a las demás y si el patrón mira para acá y ve esto se enoja, no le gustan los cielos desprolijos. ¿Ves, por ejemplo, esa nube? – levanta la palmeta, parece medir; luego se sube a un banco de piedra, se estira (así y todo, no sobrepasa mi cabeza, pero él como si hubiera alcanzado el infinito) y mueve rápidamente la palmeta.
—Le hice cosquillas, ¿viste cómo se rió?
Miro la punta de la palmeta, el cielo encima de ella. Nada
—No, tonto. Si te hago cosquillas en los pies, qué mirás para ver si se rie ¿la rodilla? Tenés que mirar allá, la cara ¿Ves? –señaló un punto indefinido en el espacio.
—Estoy sin los anteojos –me excusé- ¿Eso es lo que estabas haciendo antes de la tormenta?
—Justamente. Era una nube gris, pesada, en medio de un cielo hermoso. Agarré la palmeta, le apunté a un punto sensible y le hice varias cosquillitas.
—¿Y qué pasó?
—Estornudó. Ahora tengo que hacer un informe de descargo, para que no me descuenten del sueldo –suena algo así como un silbido y mágicamente aparece delante del querubín una cajita brillante. Rápidamente la incorpora a su “celular”, el que destella un rato.
—Bueno, me tengo que ír. Tengo que bañar un océano, en otro lado. ¿Vos conocés a los querubines que trabajan en el Paraíso? Dicen que tienen una Obra Social muy eficiente. En el Olimpo no, todos son dueños, la desorganización es total. Si te enterás de alguna oportunidad avisame.
—¿Cómo? –balbuceé.
Como hice yo. Agarrá una nube y dale palmadas rápidas, por un ratito. –Tomó mi celular, lo desarmó, lo armó y me lo devolvió-. Tomá, cuando escuches este cantito –parecía la música de La Farolera- soy yo que te llama. Adiós.

Su figura se disolvió en miles de partículas, que brillaron un momento, y luego desaparecieron entre chisporroteos.
Seguí caminando. Debo apurarme. Tengo muchos expedientes para archivar. Si me atraso voy a tener que trabajar el sábado. Estoy juntando francos para, este verano, ir, no sé, a Concordia, a conocer algo, otros sitios.

© Carlos Adalberto Fernández

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