La familia primero

1 02 2009

 

LA FAMILIA PRIMERO

 

 

La abuela estaba a los gritos.

¡No nos fallés, otra vez! —otra vez, dijo. Siempre lo decía. A todas les decía, otra vez. Torpes, ineptas, cobardes —cuántas cosas más les decía—, cómo esperar algo de ellas. Las puteaba a todas, sin distinción. A sus hijas -sea Manuela o Rosa- o a Jacinta, su nieta.

Pero hoy estaban seriamente asustadas, todas. Ni qué decir Rosa, que era la que no debía fallar. “Hicimos todo lo posible para mantener la familia Palacios unida…”. “¿Què familia?”, se burlaba la abuela. Cuatro mujeres incapaces de hacerle los ratones a un macho de segunda mano, así decía ella. Tener familia sin macho es como arar sin animal de carga. Todo difícil, trabajoso, sin placer.

—Cuando las tuve a Uds. era otra época. Una vez que caí, como una estúpida, sola, con una panza alcahueta, ya tenía el destino marcado. Miren que luché, no busqué galanes ni guerreros, con qué, no, me mostré todo servicio, 24 horas, guardiana de un hogar, para qué; terminé cansada y para colmo con otro crío. Está bien, fui una retrasada, no una calentona, si esas porquerías nunca me gustaron, pero era el precio a pagar en un mundo de machos. Pero nadie me advirtió, y en esos tiempos la mujer que perdía ya no volvía a la competencia.

 –Es el libreto de todos los días –susurraba Manuela-. Necesita convencerse, limpiarse de culpas, escapar de las miradas acusadoras que le extinguen las ganas de vivir..

— Pero con Uds. no –ahora venia la segunda parte, la de pasarles toda la culpa-. Las eduqué, les enseñé, las preparé, les disimulé la miseria y el hambre, si parecían las Anchorena. Pero ¡Fa! Otro bombo. Las creí ya adultas, les delegué responsabilidades, para qué, para que tiren la chancleta en la primera oportunidad. Ahora, más bocas para comer, más vergüenza para esconder. Tuvimos que cambiar el juego, montar otra escena para el público. Mostrar poco, ocultar casi todo. Todas perdimos, no sólo la Jacinta, tan chica, sin comprender, sin aceptar el sacrificio.  Y así quedamos, con la última alternativa: todas las luces apuntando a Rosa, la más joven, la más mentirosa, aunque tal vez también la más tonta. Mudarnos adonde no nos conocieran. Pero no nos quedaba otra. A agachar la cabeza y seguir.

—Y ahora… No sé qué te vio el Reinaldo ése, pero hay que agarrarlo antes de que se le vaya la borrachera. Así que afilate los colmillos.

 

Rosa, pálida, crispada, de todos modos parecía haber juntado fuerzas. No eran las palabras de su madre –que generalmente sólo lograban deprimirla más- Se hablaba sola, agitaba el puño, se envalentonaba. Se fue, sin saludar, sólo una mirada, buscando los ojos de Jacinta, no se sabe si preguntaba o decía algo.

Manuela, de piedra. Hacía años que veía la vida desde los tablones. Nunca pudo disimular esa tosquedad de modales que pronto la distanciaron en la competencia por la conquista del macho protector. Cuando la abuela reasignó funciones: Manuela se recluyó definitivamente fuera del escenario de la vida, con Jacinta, cuya presencia no aportaba a la imagen que las Palacios debían ostentar en todas las vidrieras

Jacinta recuerda ese pasado, los momentos –pocos, subrepticios- en que, a escondidas de la abuela, compartía frustraciones con Rosa.  Jugaban a que no había pasado y podían ignorar el futuro. Terminaban abrazadas, igualando soledades. Manuela nunca participaba. Vacía de esperanzas, cualquier futuro le era indistinto. Ya no le quedaba nada por perder, ni estaba en condiciones de ganar nada.

 

§

 

— ¡Me caso, mamá! ¡Reinaldo me pidió matrimonio! –Rosa se mostraba excitada, desbordada de emociones. El casamiento, claro. Armar, por fin, una familia, se cumplía el sueño  de su madre, de todas, seguramente.

 

§

 

Esa noche las cuatro mujeres se reunieron, en una ronda expectante, tensa.

— Pensé que  iba a venir Reinaldo –observó la abuela-. Hubiera correspondido…

— A mi futuro no le pareció necesario poner en discusión temas que él y yo resolvimos en estos días. No lo comenté antes para evitar tensiones y  no adelantarse. Me caso en un mes. Uds. se instalarán en la vieja casa de Chascomús. Con Reinaldo arreglaremos todo para facilitar su traslado e instalación. Periódicamente las visitaremos. Viviremos en paz.

Doña Aída palideció. Ella siempre tomó su lucha como una odisea personal. El triunfo sería su triunfo. Pero no. No era su triunfo, era el de Rosa. Ella se liberaba, o al menos cambiaba de régimen de esclavitud. De la mano de ese hombre –qué importaba no sentir por él, ni remotamente, el vértigo que la arrastró con Ramón- dejaba de subordinarse a la autoridad materna.  

Doña Aída se sintió abruptamente anciana. No volvió a opinar ni discutir. Le pareció notar en Rosa destellos de satisfacción.

 

Manuela no se inmutó. Estaba allí, pero su muerte ya era antigua. Alguna vez el amor –la ilusión de amor- estuvo a punto de iluminar las sombras de su espíritu. No fue. Su propia madre se lo impidió. Quería algo mejor para ella (eso fue cuando Manuela florecía y su madre soñaba). Pero Manuela se agostó rápidamente, en la agonía de un amor que no llegó a ser, que nunca volvió.

Sólo Jacinta participó de la celebración. En silencio, claro. No tenía qué reprocharle a Rosa, qué otra cosa hubiera podido hacer ella. Quién sabe cuantas más concesiones debería hacer en el futuro. Todo por la familia.

 

Se iban a ver, seguro,  Rosa y ella, cada tanto. Pero ya no podrían jugar, como antes. Ya nunca más podría decirle –ni en secreto- mamá.

 

                                    © Carlos Adalberto Fernández

 

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